Fue una tristeza singular la que sentí ayer,
una tristeza sin rostro,
o con muchos.
Quizás no haya partido aún,
cómo no se va el sol cuando da la vuelta,
pero ahora en este atardecer de verano,
se pone la pena sin droga ni alcohol.
Se extranya el viajero,
del equipaje olvidado,
de las voces anónimas,
y los rostros difusos de sábado noche.
Se extranya de usar el imperfecto,
aunque intuye que quizas se pretérite,
como se hicieron pasado los rostros que ya no duelen,
los ojos que ya no asusta mirar,
o las voces que ya no hacen brotar manantiales salados.
Y ahora que el sol se ha escondido un rato,
dejando atrás un carcajeo sudoroso,
se teme al amanecer,
a la siguiente parada, al destino,
a las punzadas que vendrán a coser el corazón,
o quizás se teme si ausencia.
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